Érase un país llamado México en el que el espacio público-político, capturado por las oligarquías partidistas como estuvo por varias décadas, respondió al imperativo de subordinar el interés público a los intereses económicos de los grandes empresarios y la perpetuación de las élites en los encargos gubernamentales.

Producto del éxito apabullante del contubernio político-empresarial, el mencionado país se convirtió en un plataforma de colocación de unos cuantos afortunados en la lista de los millonarios de Forbes y, a la par, en una exitosa fábrica de producción de pobres y desigualdades sociales.

Directamente imputable a los excesos de dicho contubernio, aunque suela pasar de noche, fue el tsunami del 1 de julio, una corrida electoral contra el status quo y sus conspicuos representantes, que ocurrió fuera de todo cálculo y ajeno a los precedentes de nuestra historia reciente.

Ostensiblemente, los derrotados distan mucho de haber tomado nota de la vorágine que les pasó factura por la corrupción, la impunidad y el rotundo fracaso en la conducción política del país.

Ciegos como prefieren permanecer, achacan su derrota al “enojo social”, que en su corto entender no pasa de ser la reacción impulsiva, y por añadidura irracional, de vastos sectores de la población, que terminaron sucumbiendo al canto de las sirenas de un mesías entre ocurrente y tropical.

Poco autocríticos como son, los derrotados permanecen en las penumbras del entendimiento del México inmerso en el hondo proceso de polarización social, que estalló y se hizo presente en las pasadas elecciones presidenciales.

Pero detrás de la complaciente lectura de que esto se reduce a un “voto de castigo” barrunta un fenómeno de largo aliento y consecuencias impredecibles: el clivaje clasista entre los fifí y los chairos.

Y quede claro el punto, lo que hay detrás de la socialización exitosa de ambos vocablos es la delineación de los términos de una fractura clasista en el sentido sociológico actual: constelaciones sociales -enclasamientos, diría el sociólogo P. Bourdieu- que acreditan la conversión de las cercanías económicas, culturales y simbólicas de los agentes sociales en redes asociativas y estilos de vida diferenciados.

Vale la pena insistir en que el affaire fifí es una cuestión que atañe a las diferencias ostensibles entre ricos y pobres, pero que desborda con creces estos confines y se instaura, como en todo proceso de construcción de clases (cf. Thompson, 1963, La formación de la clase obrera en Inglaterra), en el plano de la constitución de identidades relacionales, narrativas y cosmovisiones propias.

Al buen entendedor, pocas palabras. La marcha fifí es la primera expresión de protesta-manifestación pública en el preludio del arranque de su existencia como clase dominada -de oposición, valga la expresión- en el régimen de la Cuarta Transformación.

Antes de que ésta tuviera lugar, y sin que la parte fifí se precaviera para enfrentar el madruguete semántico en las redes sociales, la otredad chaira tomó la iniciativa y definió la cancha. En tal sentido, la popularidad del mote de “marcha fifí” es sintomática e irrecusable: para la contraparte “chaira”, se trató de la marcha de los ricachuelos, beneficiarios del régimen derrotado y presuntas víctimas de los tiempos por venir.

Para su mayor desgracia, el precario contingente de cinco o seis mil personas en defensa de la opción aeroportuaria de Texcoco en la marcha del pasado domingo, enarbolando la defensa de la democracia y el Estado de Derecho, abona en muy poco a la legitimación de sus demandas. Para no ir muy lejos, el expediente del comportamiento en sus tiempos de clase dominante ilustra sobradamente su escasa o nula preocupación por tan nobles estandartes.

Una narrativa de tan escaso poder de persuasión, por si faltara poco, alimenta las sospechas de su contraparte de que, dicho con toda crudeza, se trata de una movilización en defensa de sus intereses de clase.

Hasta donde puede advertirse, la parte fifí tomó nota de la mirada acusadora de su contraparte y, aunque usted no lo crea, lanzó consignas de rechazo a las expresiones clasistas y a favor de una identidad nacional.

No faltó quien intentara ir más lejos señalando culpables del ascenso del proceso de polarización social, que cada vez es más evidente. Mas, hasta en esto la falta de un argumento persuasivo acusa grados extremos. Cuestión de proceder a un repaso acerca de la génesis y manejo del término “chairo”, que es cabalmente factura suya.

Naturalmente, no es cosa menor insistir en lo saludable que resulta el ejercicio de la libertad de expresión en el México actual; y tampoco lo es hacerse cargo de que la polarización es el peor de los mundos posibles para todas las partes, porque anula las posibilidades de la deliberación pública y el arribo a consensos plurales.

Mal hacen los fifís en buscar culpables para una situación en la que ambas partes confluyen proactivamente. Para múltiples efectos, no estaría mal que se hicieran cargo de que fueron sus excesos una de las causas eficientes del viraje histórico que hoy les coloca en el polo dominado y de que su radicalización puede encontrar similar respuesta de su contraparte.

La duda por despejar es si la parte fifí está dispuesta y tienen o no los tamaños para erigirse en una oposición inteligente y constructiva. Al tiempo.

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