La iniciativa de presupuesto para el ejercicio fiscal 2019, nada extrañamente, discurre en medio de un alud de opiniones polarizadas y, de modo marginal, de algunos señalamientos mesurados.

Del lado de la crítica opositora, rebosan los descalificativos ramplones. Como si la bolsa presupuestal, aún siendo cercana a los seis mil millones de pesos, escapase a la regla de ser un recurso limitado, cualesquier vacíos o ajustes entre los diversos rubros acreditan los calificativos más severos.

Y aquí los excesos no escasean. Para muestra de ello, el botón de los diputados del PRI y el PAN en papel de fervientes defensores de una bolsa abundante para el rubro de cultura, cuando fungiendo como gobierno pocas veces dudaron en aplicarle recortes o emplear lo poco que había para el manejo de asuntos contingentes.

Colocarse en la perspectiva apologética tampoco resulta lo más recomendable. Apenas y hace falta remarcar que estamos en medio de un laboratorio de cambio profundo, en el que una buena parte de las iniciativas de política pública lucen como genuinas apuestas.

Quizás sea tiempo de poner orden en el debate y partir del reconocimiento de que los criterios de evaluación del modelo anterior sirven de poco para hacer juicios o pronósticos sobre el futuro. Y del mismo modo, que no existen referentes para calcular el impacto de un presupuesto inédito en cuanto a su estructura y orientación.

Y he aquí que dentro de los pocos rasgos irrecusables de la actual propuesta destaca el énfasis redistributivo. Nunca en la historia contemporánea se había dado el caso de un presupuesto no indexado a los intereses y las preferencias de los grandes empresarios.

Es el caso de que, para no entrar con el pie izquierdo en un análisis forzado, conviene desaprender los criterios y máximas que durante mucho tiempo operaron como absolutos en la observación.

A estas alturas, y frente a los indicios de que los cálculos catastrofistas son cada vez más improbables, cobran vigor los escenarios de un arranque mucho menos negativo, aunque no tan positivo, acerca del crecimiento y el desarrollo económicos.

Es el caso de que los empresarios dan muestra de que en la disyuntiva de huir o ajustarse a los lineamientos de la 4T, están optando por lo segundo. Lo que más que una sorpresa es en realidad una vuelta a su hábito histórico de ceñirse al poder para intentar sacar provecho de él.

En tal contexto, cobra fuerza la percepción de que, en el jalón inicial, la estrategia presupuestaria de la 4T se está revelando como un éxito político contundente, con buenas posibilidades en el plano económico.

Incluso a la mirada ortodoxa, la propuesta de presupuesto de AMLO da la buena pinta de prudencia en cuanto a evitar los excesos del abundante gobierno y la abundancia de políticas que generan presiones de desequilibrio fiscal y sobre endeudamiento.

Más aún, con una pequeña dosis de fortuna, es probable que en el corto plazo la inversión en los programas prioritarios tenga impactos importantes en la revitalización del mercado interno.

A la espera de los resultados de los sondeos de opinión sobre el presupuesto de la 4T, existen indicios suficientes para sostener que el grueso de las miradas lo ve con aprobación y optimismo.

De ser cierto lo anterior, y no es extraño que así resulte, el paso presupuestal de AMLO encarnará una victoria más en la larga lista que acumula en los últimos meses.

Quizás sea pronto para decirlo, pero dada las circunstancias de alto consenso del que goza, poco de extraño tendría comenzar a ver buenos resultados en las zonas áridas de los últimos 30 años: la corrupción y la inseguridad, para decirlo sin cortapisas.

En la perspectiva de largo plazo, que es en la que se mueve el proyecto de la 4T, la primera experiencia de manejo presupuestal luce encaminada a la construcción de una hegemonía epocal.

En el tablero de la sociedad-mundo, poco se habla sobre ello, el movimiento liderado por AMLO tiene los visos de una alternativa a la visión neoliberal, con potenciales impactos en el espectro de las izquierdas periféricas del planeta.

Claro está, para que ello suceda, las políticas estratégicas habrán de superar expectativas ostensiblemente infladas, luego de más de tres décadas de facas flacas y de constantes decepciones ante las alternancias democráticas anteriores.

Lo más cierto en todo esto, sin duda, es que la 4T es una fuerza histórica que cuenta con uno de los activos más sorprendentes: un líder dotado de una visión histórica y de una confianza inigualable en su potencial transformador. Al tiempo.

*Analista político

*Presidente del Centro de Investigación Internacional del Trabajo

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