Trotz des Drucks der internationalen Gemeinschaft erkennt Mexiko Juan Guaidó noch nicht als Präsidenten an, als es von der Regierung durch die Estrada-Doktrin weiterhin rechtfertigt wird. Doch im Vergleich zu anderen gelobten außenpolitischen Aktionen, sowie die Zuflucht zu spanischen Republikaner oder die Verurteilung an das NS-Regime, wurde diese Entscheidung in Mexiko von verschiedenen Sektoren stark kritisiert. Die grundlegende Frage von all dem ist: Ist Mexikos Position kongruent?

Es scheint mir, dass die Situation alte Paradigmen in Bezug auf die Ausarbeitung der Außenpolitik hervorhebt. Die Außenpolitik muss per definitionem pragmatisch sein, wird aber in der Regel durch im rechtlichen Rahmen verankerte Grundsätze gestützt.

Im Falle Mexikos sind diese Grundsätze in Artikel 89 der Verfassung definiert: Die Selbstbestimmung der Völker; die Nichteinmischung; die friedliche Beilegung von Streitigkeiten; die rechtliche Gleichheit der Staaten; internationale Entwicklungszusammenarbeit; Achtung, Schutz und Förderung der Menschenrechte; und der Kampf für internationalen Frieden und Sicherheit.

Seit den außenpolitischen Grundsätze zu der Zeit von Präsident Miguel de la Madrid (1982-1988) auf der Verfassung beruhten, waren sie offenbar so angelegt, dass sie dem Staatsoberhaupt reiche Handlungsfreiheit gewährten. In diesem Sinne kann man sagen, dass es je nach Weltanschauung des Präsidenten die Möglichkeit gibt, einem Grundsatz Vorrang vor einem anderen zu geben, der den Pragmatismus, mit dem der Staat auf internationaler Ebene handelt, greifbar macht. Dies ist in der Vergangenheit mehrmals geschehen.

Das Prinzip der Nichteinmischung – das Hauptargument der Regierung von López Obrador, keine Partei mit Venezuela zu ergreifen – wird durch die Estrada-Doktrin gestützt, die im Wesentlichen die Weigerung ist, über die Regierung eines anderen Landes als legitim oder unrechtmäßig zu erwägen:  “um peinliche Situationen zu vermeiden, indem ausländische Regierungen Fragen der inländischen und ausländischen Souveränität anderer Staaten entscheiden und kritisieren lassen“.

In Anbetracht dessen, dass Menschenrechte auch Teil der mexikanischen Außenpolitik sind – übrigens ein PAN Beitrag -, sprechen viele von einer Inkongruenz in Bezug auf die Situation in Venezuela; Wie gesagt, bevorzugt jeder Präsident den von ihm gewünschten Grundsatz, basierend auf seinen Interessen und sogar seiner Persönlichkeit.

Ein klares Beispiel war der Interventionismus von José López Portillo (1976-1982) in Nicaragua, wo die Unterstützung Mexikos ein grundlegendes Bindeglied für den Sieg von Daniel Ortega und seiner sandinistischen Armee über die Somoza-Diktatur war, also die Estrada-Doktrin wurde völlig ignoriert. Viele führten diese Entscheidung auf die Weltanschuung des damaligen Präsidenten zurück, der sich als Führer der Linken zugunsten des Lateinamerikanismus positionierte.

Zum Thema Venezuela zurückgekehrt, hat López Obrador selbst bereits gesagt, dass die Prinzipien der friedlichen Lösung von Kontroversen und Selbstbestimmung zusammen mit Nichteinmischung wieder ergriffen werden. Die Menschenrechte werden in Frage gestellt, da wir über ein Land sprechen, das in dieser Angelegenheit eine Krise erleidet.

Auf der anderen Seite haben Mexiko und Uruguay bereits ihre Hilfe angeboten, um den Konflikt zu vermitteln. Obwohl bereits geprüft wurde, dass Mexikos Position nicht unbedingt inkongruent ist, geben seine Beweggründe Anlass zu Nachdenken: Welche pragmatischen Interessen stehen hinter der Anerkennung von Maduro und nicht von Guaidó? Möchte Mexiko seine versöhnliche Position in den achtziger Jahren wieder erlangen oder seine Unabhängigkeit gegenüber den USA bekräftigen? Hat es mit der ideologischen Affinität der AMLO zum linksnationalistischen Lateinamerika zu tun? Hat es mit einem außenpolitischen Desinteresse zu tun?

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¿Es congruente México con respecto a Venezuela?

A pesar de la presión por parte de la comunidad internacional, México continúa sin ofrecer su reconocimiento a Juan Guaidó, justificándose por la Doctrina Estrada. Pero más allá de ser una alabada acción de política exterior, como en su momento lo fueron el refugio a los republicanos españoles o la condena al régimen nazi, esta decisión ha sido ampliamente criticada por diversos sectores en México. La pregunta fundamental de todo esto es: ¿la posición de México es congruente?

Me parece que la situación pone en relieve viejos paradigmas en cuanto a la elaboración de la política exterior. Por definición, la política exterior debe ser pragmática, pero al mismo tiempo suele ser respaldada por principios establecidos en un marco legal.

En el caso de México estos principios se definen en el artículo 89 de la Constitución: la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y la promoción de los derechos humanos; y la lucha por la paz y seguridad internacionales.

Pareciera ser que desde que los principios de política exterior se fundamentaron en la Constitución en la época del presidente Miguel de la Madrid (1982-1988), éstos estuvieron pensados para darle una amplia libertad de acción al jefe de Estado en turno. En este sentido puede decirse que, dependiendo de la visión del mundo del presidente, existe la posibilidad de dar primacía a un principio sobre otro, lo que expone palpablemente el pragmatismo con el que se conduce el actuar del Estado en el plano internacional. Esto ha sucedido varias veces en el pasado.

El principio de no intervención – el principal argumento del Gobierno de López Obrador para no tomar partido con respecto a Venezuela – está respaldado por la Doctrina Estrada, la cual, en esencia, es el rechazo a que se decida si un gobierno de otro país es legítimo o ilegítimo, “evitando situaciones embarazosas al dejar que gobiernos extranjeros decidan y critiquen sobre asuntos propios de soberanía interior y exterior de otros Estados”.

Tomando en cuenta que los derechos humanos también forman parte de la política exterior mexicana – una aportación panista, por cierto –, muchos hablan sobre una incongruencia con respecto a la situación en Venezuela; sin embargo, como se expuso, cada presidente favorece el principio que desee basado en sus intereses e incluso en su personalidad.

Un claro ejemplo fue el intervencionismo de José López Portillo (1976-1982) en Nicaragua, en donde el apoyo de México fue un eslabón fundamental para la victoria de Daniel Ortega y su ejército sandinista sobre la dictadura de Somoza, ignorando por completo la Doctrina Estrada. Muchos atribuyeron esta decisión a la visión del entonces presidente, quien se posicionó como un líder de izquierda a favor del latinoamericanismo.

Regresando al tema de Venezuela, el mismo López Obrador ya ha dicho que se retomarán los principios de solución pacífica de controversias y autodeterminación, en conjunto con la no intervención. Los derechos humanos quedan en tela de juicio ante un régimen que sufre una crisis en este sentido.

Por otro lado, México y Uruguay ya ofrecieron su ayuda para mediar en el conflicto; sin embargo, aunque ya se revisó que la posición de México no es incongruente del todo, sus motivaciones sí dan lugar a la reflexión: ¿Qué intereses pragmáticos hay detrás al reconocer a Maduro sobre Guaidó? ¿Quiere México recuperar su posición conciliadora de los años ochenta o reafirmar su independencia sobre EEUU? ¿Tiene que ver con la afinidad ideológica de AMLO con la izquierda nacionalista latinoamericana? ¿Tiene que ver con un desinterés en relación a la política exterior?

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