En su libro “Oriente Medio, Año Cero”, Shimon Peres argumentó una  falta absoluta de sentido para conservar el status quo “para Israel o para los palestinos” dado que, arguyó, “los palestinos no pueden derrotar a Israel”.

En su ensayo, Peres defendió que no habían llegado a fundar el nuevo Estado israelí para terminar abandonando el empeño por más que se esforzarán en conseguirlo los palestinos ni la comunidad internacional reacia a reconocer la supremacía israelí.

“Los palestinos no  pueden derrotar a Israel y los actos terroristas organizados o perpetrados ad hoc, como la colocación de bombas, los secuestros y los apuñalamientos no apagarán la llama nacional de Israel”, escribió el que fuera dos veces primer ministro de Israel.

Dentro de esa raíz del pueblo predestinado, pocos frutos dio el árbol de la  paz sembrado por los Acuerdos de Oslo que tuvieron a la Casa Blanca como testigo de honor para recabar las rúbricas del entonces presidente William Clinton y de sus homólogos Husein I,  rey de Jordania; del presidente de Egipto, Hosni Mubarak; del primer ministro israelí Isaac Rabin así como de Yaser Arafat, presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

La cita histórica del 13 de septiembre de 1995 en Washington, se dijo, permitiría alcanzar un proceso de paz entre palestinos e israelíes con la intención de abordar  y poner orden en la delimitación de las fronteras, de las colonias judías en territorios palestinos, de los campos de refugiados palestinos y de permitir que Arafat tuviera una especie de gobierno interino con la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en Gaza y en Cisjordania.

Era la primera semilla que debería germinar en un lapso menor de cinco años, para llegar a otra reunión con algunas flores ya visibles en el follaje de la paz en esta delicada región de Oriente Medio.

Pero el tiempo no ha sido benévolo, como lo explica Ana Alba, corresponsal en Jerusalén, ha quedado en una quimera en parte porque ambos bandos cometieron graves violaciones de Oslo.

En 1999 no se había llegado a ningún acuerdo final. Las negociaciones posteriores entre israelís y palestinos -Camp David 2000, Taba 2001, Annapolis 2007 y el último intento de la administración Obama en 2013-2014- fracasaron. Mientras, el número de colonos judíos se triplicaba y ahora alcanza los 650 mil”, subraya Alba.

Tampoco los personajes firmantes han corrido con buena estrella: el primer ministro Rabin murió asesinado menos de dos meses después de la firma de Oslo, a él lo mató un judío extremista; Husein falleció tres años y medio más tarde; Mubarak fue depuesto tras 30 años de dictadura en Egipto, mientras Arafat feneció  en 2004, los rumores citaron un envenenamiento; y Clinton dejó de ser presidente en 2001 no sin tambalearse su gobierno tras el repentino escándalo sexual con la becaria Mónica Lewinsky.

¿Qué ha pasado con la alicaída paz entre palestinos y judíos? Varias piedras en el camino: Arafat debió confrontar una lucha política interna con Hamás, ha sido uno de los grandes escollos entre los propios palestinos en su relación con Israel;  Arafat que recibió el Nobel de la Paz en 1994 junto con Rabin, creía en la mesa de diálogo… Hamás en la lucha armada, el terrorismo y la guerra de guerrillas.

En tanto, en Israel, el poder extremista para ceder siquiera un ápice de concordia ha llevado a todas las expresiones de la derecha política a unirse en una misma causa: no ceder ni poder, ni espacio, sino todo lo contrario recuperarlo para fortalecer al Estado de Israel en nombre del sionismo.

A COLACIÓN

Bajo esa visión, la asunción al poder de Benjamín Netanyahu  (desde 2009) busca una nueva reconfiguración geoestratégica de Israel que el político del partido Likud pretende consolidar con un quinto período como primer ministro, el cuarto al hilo.

Sus allegados le llaman “Bibi”, el presidente estadounidense Donald Trump le llama así por complicidad, con él comparte además el discurso duro y patriota que marea los oídos desde el atril señalando la amenaza externa constante y al inmigrante a nivel de enemigo-invasor.

Israel para los judíos, Estados Unidos para los estadounidenses, Brasil para los brasileños, hay un eje de buena sintonía ideológica y de cómo ejercer la política interna entre Netanyahu, Trump y recientemente con el nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.

Las elecciones en Israel, podrían darle a Netanyahu otra oportunidad más al frente del gobierno porque cuenta con los aliados para una coalición; el respaldo exterior lo tiene tanto de Estados Unidos como de Rusia sus dos aliados en la estrategia de Medio Oriente.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

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