Por Ana Luisa Oropeza Barbosa

Las declaraciones de la jovencita, que se vieron circular por las redes sociales, en torno al “dedo grosero”, como suelen decir los pequeños, mostrándolo al presidente de la república han sido contundentes. Con mucho valor declaró abiertamente su dedicatoria a AMLO y pidió que la dejaran en paz. 

¿Cómo hubiera reaccionado usted, estimado lector, si se percata que la acción hubiese sido realizada por su hija? Las respuestas pueden teñirse de muchos colores: habrá quienes afirmen que sus hijos están tan bien educados que ni siquiera cabría dar paso a la pregunta, habrá otros que enaltezcan la conducta y presuman orgullosamente a su hija y existirán, seguramente los menos, que cuestionen acerca de lo que se hizo mal, para que su hija se atreviera a realizar tan explosiva acción que rompe con lo que se enseñó en casa. 

Menuda situación a la que se está enfrentando la chica. La buena noticia que le daremos, es que en pocos días más, pasará a los anales de la historia para convertirse en la anécdota que le contará, entre risas, a sus nietos. 

Lo que sucedió, desde el ámbito de la sociología, fue una manifestación abierta, a decir de Emilio Durkheim, desprendida de la conciencia colectiva, y para no enredar demasiado el tema, esto significa que la jovencita manifestó francamente el sentir común, al menos de la media de la sociedad en la que se desenvuelve. Se aprecia, a simple vista, una chica de condición económica acomodada, que no carece de lo necesario para enfrentar la vida que le corresponde a su edad. Bien podría calificarse como una niña “fifí”. Ella manifestó en sus redes, la molestia por el acarreo al evento al que fueron obligados a asistir y con ello da muestra de la pesadez que produce ese tipo de estrategias, por parte del gobierno, para que los espacios luzcan abarrotados de seguidores amlistas. 

La cuestión que aquí se quiere resaltar, no es hacer énfasis en la baja paulatina que tiene AMLO en la percepción ciudadana respecto a su mandato, sino cuestionarnos hasta dónde existe la libertad de opinión y el respeto que nos merecemos todos como seres humanos. 

Manifestar nuestras opiniones es muy válido y para ello, existen los canales apropiados. Hemos luchado por siglos para que ese derecho sea respetado y escuchado a través de todos los lenguajes con los que contamos. Sin embargo, el cómo lo hacemos, para qué lo hacemos y hacia quién va dirigida nuestra opinión es cosa que debe ser valorada antes de emitirse. Muchos de los mexicanos no comulgamos con algunas de las decisiones que se han tomado en este gobierno, y dicho sea de paso, todos los anteriores. Gracias a nuestra libertad de expresión, los funcionarios y políticos pueden darse cuenta de la apreciación de la gente y han encaminado sus políticas conforme lo crean conveniente, les plazca, o simplemente, les interese. 

Sin embargo, no debemos perder de vista el valor del -respeto- que debemos fomentar en nuestras sociedades. Independientemente de que AMLO se merezca o no el contenido impregnado de fastidio, con el que se hizo la seña, se trata de ¡el Presidente de la República! ¿Deberíamos, acaso, fomentar el respeto ante la figura que la misma implica? Me parece que debemos coadyuvar a que el nivel de cultura y educación se eleve en este país y no ponernos a nivel de quienes carecen de estos atributos. Apuntemos hacia arriba, aunque sea muy cómodo conformarnos con lo menos. 

La educación impone y exige comportarse a la altura de las circunstancias. Provoquemos al presidente para mostrarnos su mejor versión cada vez que se dirige a nosotros y no nos rebajemos con conductas y actitudes que, tal vez, las está esperando para justificar las propias.

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