¿Qué nos provoca a los mexicanos saber que la justicia de los Estados Unidos de Norteamérica ha dictado cadena perpetua, más 30 años y otros 20, por delitos conexos en contra de el “Chapo Guzmán”?

No llama la atención las declaraciones de Guzmán Loera cuando afirma se le ha tratado injustamente. No existe criminal alguno que piense que su sentencia haya sido justa. Sin embargo, alrededor de lo que ha sido uno de los juicios más estruendosos en la historia de los Estados Unidos, hay dos puntos en los que vale la pena reflexionar un poco. 

El primero versa sobre el gigante estadounidense que tenemos por vecino. Me parece lamentable y vergonzoso que no podamos hacernos cargo ni de nuestros propios delincuentes. Las dos fugas previas del “Chapo” demostraron la ineficiencia y redes de corrupción que se tejen en torno a las instituciones que rigen este país. A Joaquín Guzmán Loera no le alcanzó todo el dinero para sobornar a los Estados Unidos. Me pregunto si alguna mente sensata le habrá aconsejado de ni siquiera intentarlo, probablemente la sentencia hubiera aumentado un par de días más. 

Los mensajes que emite Estados Unidos para México son claros. Con ellos no se juega. 

La fortaleza de un sistema al que no le tiembla la mano para firmar este tipo de sentencias no debe asombrarnos. En México, desde la reforma penal del 2008 la figura de la prisión vitalicia ha cobrado efectos en más de uno de los Estados de la República. La diferencia se aprecia en la ejecución de las mismas. Estados Unidos puede asegurarle al mundo que el “Chapo” no volverá a poner un pie fuera de prisión, Si México lo hiciera ¿le creeríamos? 

Por otro lado, las declaraciones del “Chapo” sobre lo injusto, tanto de la sentencia como del trato que ha recibido durante todo el tiempo que estuvo bajo el dominio de los Estados Unidos sujeto a un proceso, lograron conmover al presidente de México, pues AMLO no desea que nadie sufra, ni el “Chapo”. Un hombre que se ha convertido en leyenda, al que se le imputan más muertes de las que se puedan concebir, el sanguinario que encontró la forma de someter para imponer su poder, sobre el que versan millones de vidas roídas y destruidas, hoy habla del trato inhumano al que se le ha sometido. Es cierto también que realizó acciones en beneficio de la gente de Sinaloa, acciones, que, dicho sea de paso, le correspondían al gobierno. 

Nuevamente me uno al discurso de AMLO, le aplaudo su humanismo, ese con el que se proclama, le admiro que se muestre como un hombre sensible al sufrimiento ajeno y estoy segura que millones de personas en el mundo desearíamos lo mismo que él. Anhelamos paz, prosperidad y armonía. Sin embargo, el orden y el progreso difícilmente se logrará imponer con sistemas raquíticos y con plegarias al cielo. Se requiere la fuerza del Estado para, primero, crear leyes eficaces, más no justas, pues ese debate seguirá existiendo mientras humanos existan en el planeta, y luego, la misma fortaleza para hacerlas cumplir, ejecutándolas ejemplarmente. Requerimos de vez en cuando un manotazo en la mesa, saber en dónde están los límites y tener la seguridad de las consecuencias. 

Estados Unidos solicitó la extradición del Chapo y México se la obsequió. Guzmán Loera ha estado preso desde un día antes de que Trump asumiera la presidencia y ahora, el mundo no deja de impresionarse con semejante sentencia. ¿De qué estamos asombrados? ¿De la mano dura de Trump que se ve reflejada en su mandato o de la ineficiencia de México para hacerse cargo de sus propios problemas? 

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