Las más recientes masacres en Estados Unidos sirven de corolario para los discursos de la ira emanados por Donald Trump, día tras día, el presidente estadounidense ha edificado su política en el rechazo al diferente.

No ha dejado de lanzar mensajes que azuzan los oídos de los demás, hay gente como los asesinos de El Paso y de Ohio que solo necesitan un aliento, una palmadita en la espalda; el inquilino de la Casa Blanca es la fuente de inspiración.

La policía investigará el delito de El Paso como un atentado terrorista, como en toda nación civilizada se investiga y se juzga no solo a quien jala el gatillo sino a quien lo alienta o bien es el cerebro detrás, a Trump deberían incriminarle por ser –en cierta medida- el incitador.

En lo que va del año han sucedido 250 ataques con armas de fuego en toda la Unión Americana, los ataques de este pasado fin de semana fueron perpetrados por jóvenes menores a los 25 años… y por supuesto blancos.

Lamentablemente Trump no va a parar, su carrera política es lo más importante para él, tiene en mente la reelección, y estos episodios de fuego y sangre no terminarán opacando su camino.

Seguramente vendrán nuevos episodios, quizá suceda un gran atentado imputable a estas circunstancias de odio inflamable que divide y lacera a una sociedad que todavía le cuesta digerir a los afroamericanos como parte de su tejido y eso que ya han tenido un presidente negro como aconteció con Barack Obama.

El rechazo al diferente en un nación de naciones construida y levantada por inmigrantes no es entendible, Estados Unidos se ha hecho gracias al talento, la creatividad y el trabajo incansable de millones de inmigrantes; allá van casi siempre los mejores que intentan aprovechar cualquier recoveco para triunfar para hacer suyos sus sueños. Los mejores profesionistas y también están los soñadores que llegan sin nada en el bolsillo ni siquiera hablan el idioma.

Hace unos días leía una serie de argumentos supremacistas contra los mexicanos y centroamericanos, en una parte se afirmaba que no solo querían llegar para “hacer los trabajos sucios” que no quiere hacer sino que al tener hijos entonces aprovechaban para entrar al sistema educativo, prepararse y luego acceder a puestos de trabajo en una competencia ya al tú por tú con el norteamericano.

Se llama miedo… un temor inentendible a perder lo que se tiene contra el otro que viene de fuera, a que le den el puesto de trabajo, la beca, el estímulo o el ascenso natural a un mexicano o centroamericano.

Porque la animadversión burbujeante va contra esos colectivos, Trump está retrocediendo a tiempos de las mazmorras donde las arbitrariedades se cometían contra los más indefensos: a los negros se les criminalizaba prácticamente eran los principales sospechosos en un crimen, las cárceles norteamericanas se han llenado de historias deleznables de arbitrariedad en la que muchos inocentes pagaron crímenes que no cometieron. Su único delito fue  ser negro pobre, analfabeto simplemente indefenso.

Trump quiere ser el sheriff que retrotraiga a los tiempos en que afuera de las cantinas y los bares colgaban letreros discriminatorios “no dogs, no Negros, no Mexicans”.

A COLACIÓN

El odio al otro es generalmente un espejo hacia uno mismo lubricado por un enorme cúmulo de frustraciones, se arrastra entonces una amargura que termina contaminando toda la esfera cotidiana.

Si no tengo trabajo seguramente es porque otro es el culpable… si no he logrado el ingreso al bachillerato o bien a la universidad, seguramente es por culpa de otra persona; o si llevo meses desempleado y nadie me emplea… bajo esa retórica tendríamos que odiar hasta el vecino.

No son tiempos fáciles los que estamos viviendo, es muy lamentable que haya líderes como Trump sembrando semillas de odio me pregunto en qué clase de mundo terminarán germinando.

Quizá lo que más temo es el brote de una violencia incontrolable contra los mexicanos y centroamericanos, las organizaciones no gubernamentales dan cuenta de las enormes violaciones a los derechos humanos que están sufriendo cientos, miles, de inmigrantes ilegales; los niños metidos en jaulas separados de sus padres, es una atrocidad que no se merece nadie.  Esto es la política del odio.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

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